lunes, 11 de mayo de 2015

Federica, estudiante

Federica tiene 16 años, y acude al instituto con normalidad. Todo en su vida es bastante normal para lo que corresponde a su edad, desde su familia a sus amistades, pasando por el rendimiento escolar.

Pero no siempre ha sido así. Federica aprendió a leer antes que a andar, y los profesores hablaban con sus padres cada año para convencerles de adelantarla un curso o dos. Era obvio que se aburría en clase. Sus padres insistían en que debía estar con niñas y niños de su edad, pero accedieron a hacerle un test de inteligencia. Obtuvo un resultado mucho más alto del esperado, pero no quisieron decirle a ella la cifra exacta.

Federica no sólo se aburría en clase. Con 8 años se había aburrido de la sección infantil de la biblioteca local y se colaba en la de adultos. Su padre, electricista de profesión, no daba crédito cuando la oía hablar de electrones y teoría del campo unificado. Su madre, ama de casa, se debatía entre el orgullo por tener una hija tan lista y el temor de que no pudiera encajar en la sociedad. Pues, en efecto, Federica casi nunca hablaba con personas de su edad.

Sin embargo, al llegar a la adolescencia, observaron que su grado de integración social aumentaba. Era algo gradual, pero parecía que se empezaba a interesar por las mismas cosas que sus compañeras. Al principio pensaron que sería cosa de las hormonas, pero la psicóloga del instituto insistió en repetir los test. Aquello fue una sorpresa, ahora su inteligencia era normal. ¿Era posible que se hubiesen equivocado antes? ¿Cómo explicar su comportamiento antisocial del pasado, entonces? ¿Y la tesis que había escrito sobre la viabilidad de los microagujeros negros de cinco dimensiones? ¿Todo había sido una fase? ¿Algo que había comido?

Mi entrevista con Federica fue breve. Me transmitió la sensación de que era completamente normal en todos los aspectos, quizás un poco vulgar. Estaba al tanto de la última movida en el Sálvame, las expulsiones del Gran Hermano, los tronistas, los Gemeliers, etc... Aquello despertó una alarma en mi cabeza.

"¿A qué edad empezaste a ver Telecinco? ¿Te gustaba cuando eras más joven?" Le pregunté. Federica se sonrojó un poco, y acabó confesando en un susurro que antes no veía apenas la televisión. Durante una estancia en cama por un pequeña lesión empezó a verla con asiduidad y descubrió que luego le costaba más leer, pero le costaba menos relacionarse con los demás. Así que siguió adelante, hasta sus últimas consecuencias, en parte por hacer un experimento y en parte porque encajar entre sus compañeras la hacía más feliz. Supongo que no somos nadie para juzgar su decisión. Tal vez en un futuro cambie de idea. Sea como sea, sus padres estarán con ella para darle su apoyo.

2 comentarios:

Violet dijo...

Terrorífico :O

Láquesis deNoche dijo...

Lo de Telecinco debería clasificarse como "dronga" de la dura.

Da muucho miedito.